“...Un burro no reflexiona, más bien utiliza un repertorio de respuestas coordinadas que aplica cada vez que se le plantea el mismo interrogante como si se manejara con un sistema de reflejos condicionados...”
Vivimos un momento particularmente caracterizado por la desazón y la falta de fe . Los arquitectos y los abogados no son ajenos a esta circunstancia y ello se refleja en sus conductas y en sus esperanzas.
La sociedad parece llevar un registro sistemático de cuántos arquitectos se han vuelto taxistas, pero ha olvidado merituar cuántos taxistas se han vuelto arquitectos o cuáles fueron los orígenes laborales de muchos de los grandes triunfadores de hoy.
Por una parte las profesiones y los profesionales son atacados por aquellos que no han tenido la suficiente capacidad o paciencia como para lograr el título y tratan de remontar su frustración magnificando los lamentables ejemplos. Por otro lado, se estudian y se alcanzan títulos universitarios a los simples fines de encontrar una salida laboral, sin un mínimo conocimiento de la diferencia existente entre estudiar una especialidad y ejercerla profesionalmente.
Hubo tiempos más fáciles que los que nos tocan vivir , tiempos en los que parecía existir un orden establecido e inalterable en el devenir de las cosas.
No eran tiempos mejores, sino tan solo más fáciles, porque ese orden permitía – tal vez artificialmente pero con eficiencia - que se viviera con mayor seguridad y con menos angustia.
También en esos tiempos era posible apartarse del orden y violar las reglas, pero esto se hacía en forma excepcional y preferentemente cuando se era genio o demasiado ignorante.
Hoy vivimos un tiempo distinto, en el que se supone que sólo el apartamiento de las reglas y fundamentalmente la búsqueda y el hallazgo de un atajo nos puede conducir con éxito al final del camino.
La idea en sí misma no es mala para el resultado final que obtiene la sociedad, pero genera en sus componentes un desequilibrio emocional permanente – cercano a la histeria colectiva - en la búsqueda apresurada del sistema infalible para triunfar.
No hay nada reprochable en el apartamiento de las reglas. El mismo Le Corbusier señaló que si tuviera que enseñar arquitectura comenzaría por prohibir los “órdenes” a los que consideraba un palabrerío hueco y un desafío a la inteligencia, pero agregó junto con esto que insistiría en un respeto real por la arquitectura afirmando que la nobleza, la pureza, la percepción intelectual, la belleza plástica y la eterna cualidad de la proporción eran los goces fundamentales de la arquitectura que podían ser entendidos por cualquiera.
Los reproches empiezan, cuando el apartamiento de las reglas y de los órdenes es de raigambre moral porque éstos son los que sirven para diferenciar a un profesional de un diplomado o como diría el tango, a un burro de un gran profesor.
La letra y la melodía que recordamos no es un axioma sino una advertencia, porque hay algo fundamental que separa a estas dos categorías con que se etiqueta al ser humano.
No se trata de la cultura o de los conocimientos adquiridos , como tampoco de los títulos, el ropaje o el ámbito donde desempeñan su actividad. Por el contrario, estas son las circunstancias que confunden al detector.
Se trata de su capacidad de reflexión, de su potencial creativo, de la exactitud de su análisis y por sobre todo del sentido trascendente de su vida.
Un burro no relfexiona , más bien utiliza un repertorio de respuestas coordinadas que aplica cada vez que se le plantea el mismo interrogante como si se manejara con un sistema de reflejos condicionados.
Un burro tampoco crea , porque para crear hay que amar profundamente algo, soportando riesgos propios del amor que el burro no está dispuesto a correr.
Un burro tampoco analiza , porque el análisis generalmente conduce a la verdad y hay ciertas verdades que al burro le resultas intolerables.
Y por sobre todo, un burro no trasciende , porque para trascender hay que ser ejemplo de algo por pequeño que sea y un burro no puede ser ni siquiera ejemplo de su propia desgracia.
El dilema no consiste en ser burro o gran profesor porque aquellos nacen y estos otros se hacen.
El dilema presenta la alternativa de conformarse con ser burro o luchar por dejar de serlo. Esto último al menos, enaltece por el solo intento...
(*)Abogado y Profesor titular honorario de arquitectura e ingeniería legal.
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